Defender la democracia en Venezuela.

Sánchez durante la presentación, en Zaragoza, de los candidatos socialistas a las elecciones municipales, ha pedido a Casado y Rivera lealtad al Estado respecto a las decisiones que tome el gobierno sobre Venezuela. La cara dura y el desparpajo del presidente parece que no tienen límite. Para apoyar una política de Estado, primero tiene que haberla. Podría empezar él por ser leal con los españoles y convocar las elecciones como se comprometió en sede parlamentaria al presentar la moción de censura a Rajoy.

En su periplo americano, tildaba a Maduro de tirano en Panamá mientras que en Méjico se apuntaba a la doctrina Estrada, cuando su ministro Borrell afirmaba que el gobierno español no quería un cambio de régimen. La impresión era que el discurso presidencial se modulaba según fuera el interlocutor, es decir que Sánchez en lugar de definir una política de Estado se ejercitaba en la ambigüedad, en la que está alcanzando en muy pocos meses una gran maestría.

Si no quería el gobierno español un cambio de régimen. ¿Cuál era su objetivo? Que Maduro fuera sustituido por un lugarteniente y siguiera el chiringuito en pie, o que convocara elecciones, cuando quedó deslegitimado en las últimas presidenciales. Precisamente lo que necesita Venezuela es un cambio de régimen, que les permita recuperar la democracia secuestrada.

La crisis venezolana es responsabilidad del actual mandatario y de su intento de convertir un país libre en uno sometido por el Poder y sin ningún control por parte de la ciudadanía. La aspiración de Maduro era consolidar el Estado totalitario comunista que había iniciado Chavez. Han sido los venezolanos con su resistencia los que han logrado desenmascarar al tirano. La represión, la tortura, los asesinatos han quedado en evidencia y han sido las consecuencias de una fractura social provocada por una revolución bolivariana, que nacía con una vocación excluyente y que utilizaba el miedo y el terror como herramientas principales.

La no injerencia en asuntos internos, núcleo de la doctrina Estrada, es la política exterior para el continente americano adoptada por Méjico, desde la paz de Guadalupe Hidalgo. Es sobre todo una política exterior defensiva, perfectamente comprensible al ser Méjico la principal víctima del expansionismo de los Estados Unidos, durante el siglo XIX, pierde las tres quintas partes de su territorio. Iberoamérica se va a convertir paulatinamente en el “patio trasero” de los EEUU, al poner estos en ejecución las doctrinas: Monroe, el destino manifiesto, el corolario Roosevelt, la diplomacia del dólar, la política del buen vecino o la alianza para el Progreso.

Estas políticas han contribuido a que los Estados Unidos trataran a Iberoamérica como un todo desde un plano de superioridad que les permitiera conservar y acrecentar sus importantes intereses en el continente. El intervencionismo de la superpotencia es evidente y está en la mente de todo el mundo. De ahí que la doctrina Estrada haya sido un baluarte para atemperar las ambiciones del poderoso vecino del norte.

En el caso venezolano actual, es el propio gobierno de Venezuela quien sojuzga a su población, vulnerando la Constitución y transformando un Estado de Derecho en un Estado Totalitario y tiránico. Los venezolanos solo pueden aspirar a la libertad si las Repúblicas hermanas y la ayuda internacional acuden en su ayuda. Es el supuesto que ideó el presidente Betancourt, al formular su doctrina en su toma de posesión. El desvío de la revolución bolivariana y la megalomanía de su líder han sido los causantes de este desastre humanitario y político.

En Venezuela, hoy, se defiende la democracia o el totalitarismo comunista. Ni se come tres veces al día, ni es un modelo que me apetezca importar a España, ni tampoco comparto la ambigüedad cobardona del “doctor” Sánchez. El intervencionismo internacional lo veo plenamente justificado en este caso, a ser posible coordinado por la OEA.

Para la tribunadeespana.com

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